No es que entiendas a tus papás… es que te estás convirtiendo en ellos
Actualizado: 30 mar
Hay una creencia muy común:
que cuando creces, empiezas a entender mejor a tus papás…
y que por eso te empiezas a llevar mejor con ellos.

Pero, desde mi perspectiva, no es exactamente así.
No es necesariamente que los entiendas mejor.
Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados, como sociedad, a seguir patrones, a hacer lo que se supone que tenemos que hacer, a repetir lo aprendido… que en algún punto terminamos convirtiéndonos en ellos.
Empezamos a repetir las mismas conductas.
Los mismos errores.
Las mismas formas de reaccionar que, en algún momento, no nos gustaban.
Y esto pasa porque no nos detenemos.
No nos preguntamos:
¿por qué me siento así?
¿por qué reacciono de esta manera?
¿por qué hago las cosas como las hago?
Y cuando no nos cuestionamos, seguimos en automático.
Llega un punto en el que, si te empiezas a observar, te das cuenta de algo fuerte:
La mayoría de las cosas que haces, dices o sientes…
son repeticiones de lo que viste en casa.
Y tiene todo el sentido del mundo.
Porque tus papás son las personas que más amas.
Son las personas con las que creciste.
Las que más impacto tuvieron en tu forma de ver la vida.
Y aunque en algunos casos no estén presentes todo el tiempo, el peso emocional sigue ahí.
Influyen en cómo decides.
En lo que quieres estudiar.
En con quién te relacionas.
En si te casas o no.
En cómo te percibes.
Y muchas veces, sin darte cuenta, estás actuando para complacerlos.
Puedes pasar toda tu vida viviendo así…
porque así aprendiste.
Pero también hay algo importante:
Se nos enseñó sobre el libre albedrío.
En mi caso, crecí en un entorno muy cercano a la iglesia,
donde constantemente se hablaba de que Dios nos daba la capacidad de elegir.
Entonces, si tenemos libre albedrío…
¿por qué seguimos repitiendo lo mismo?
Desde mi experiencia, la respuesta es clara:
Por falta de conciencia.
Por falta de cuestionamiento.
Por falta de observación.
Por no detenernos a ver qué queremos realmente.
Porque no nos preguntamos:
¿Qué quiero yo?
¿A dónde quiero llegar?
¿Qué me hace feliz?
¿Qué cosas estoy haciendo porque realmente las quiero hacer…
y cuáles estoy repitiendo porque así aprendí?
A mí me pasó algo muy específico.
Yo nunca me había detenido a cuestionar ciertas cosas de mi vida.
Pero sí había algo constante:
Nunca me sentí completamente reconocida por mis papás.
Sé que me aman.
Sé que están orgullosos de mí.
Sé que me dicen que soy muy buena.
Pero el mensaje siempre venía acompañado de algo más:
“puedes lograr más.”
Y aunque eso, objetivamente, no es algo negativo…
yo lo interpreté de otra forma.
Para mí, el mensaje se convirtió en:
“no soy suficiente.”
Con el tiempo, entendí algo importante:
Sí, puedo lograr más.
Pero eso no significa que lo que soy hoy no sea suficiente.
Hoy estoy haciendo lo mejor que puedo con la capacidad que tengo.
Y conforme crezca, conforme evolucione,
también crecerá mi capacidad.
Eso es muy distinto a vivir sintiendo que nunca es suficiente.
Y aquí viene algo aún más fuerte.
Como siempre recibí validación externa —de personas, de clientes, de conocidos—
me acostumbré a eso. (Soy Libra, me encaaaaaanta la atención, entonces ya se imaginarán como me sentía jaja)
Pero me di cuenta de algo:
Me es más fácil expresar cariño, admiración o reconocimiento
a personas que no son tan cercanas. Puedo decirle a alguien que lo quiero, que lo admiro, que agradezco su presencia…
Pero con mis papás o con mis amigos cercanos simplemente no me sale de forma natural.
Y no es porque no los ame.
¿Se pueden imaginar por qué es???????
claaaaro
Es porque no lo aprendí así.
Me cuesta decir “te amo”.
Me cuesta decir “te extraño”.
Me cuesta expresar afecto de forma espontánea.
Y cuando empecé a hacerlo de forma consciente…
al principio me incomodaba.
Mucho.
Pero lo seguí haciendo.
Y hoy, aunque sigue siendo un proceso, ya no lo cuestiono tanto.
Y eso es justo el punto.
Nos incomoda lo que no aprendimos.
Nos incomoda lo que es nuevo.
Nos incomoda lo que rompe el patrón.
Pero eso no significa que esté mal.
No se trata de culpar a nuestros papás.
Ellos también aprendieron lo que pudieron, con lo que tenían.
Se trata de hacer conciencia.
De observarnos.
De cuestionarnos.
Porque sí, tenemos libre albedrío.
Pero si no hay conciencia…
solo estamos repitiendo en automático.
El verdadero cambio empieza cuando te haces preguntas incómodas.
Cuando te observas sin juicio.
Cuando decides hacer las cosas diferente, aunque no se sienta natural al inicio.
Ahí es donde empieza tu proceso real.
Ahí es donde dejas de ser una repetición…
y empiezas a convertirte en quien realmente eres.





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