Lamentablemente, me gustan los hombres
La sexualidad no se elige y esto lo se porque después de tantos años, yo nada más sigo enamorándome de los pinches hombresñ
¿Qué tienen?
¿Por qué nos vuelven tan locas?
¿Por qué pueden ser tan contradictorios?

Y, sobre todo, ¿por qué relacionarnos con ellos a veces parece muchísimo más complicado de lo que debería?
Porque conocer a alguien debería ser relativamente sencillo: conoces a un hombre, te gusta, empiezan a hablar, salen un par de veces, se van conociendo y eventualmente descubren qué quieren hacer con eso.
A veces termina en una relación. A veces en algo casual. A veces alguno pierde el interés. A veces te dejan en visto. A veces tú eres la que deja de contestar. A veces se dan cuenta de que funcionan mejor como amigos y reestructuran la relación.
En teoría, bastante sencillo.

En la práctica, pareciera que estamos manejando por una calle sin pavimentar.
Porque en medio de todo eso aparecen las expectativas, la idealización, las ganas de gustarle al otro, las cosas que creemos que deberíamos hacer y, sobre todo, todas las pequeñas negociaciones que empezamos a hacer con nosotras mismas para intentar que una relación funcione.
Quizá tú estás buscando una relación y la otra persona te dice claramente que no quiere nada serio, pero decides seguir ahí fingiendo que tampoco buscas nada porque, en el fondo, estás convencida de que eventualmente va a conocerte lo suficiente como para cambiar de opinión.

Porque, obviamente, tú vas a ser la excepción.
O quizá sucede exactamente al revés.
Tú solamente quieres algo casual, pero empiezas a salir con alguien que sabes que está buscando una relación seria. Sigues avanzando porque te gusta, porque la estás pasando bien o porque ya veremos qué pasa, aun cuando sabes perfectamente que en este momento no estás disponible para un commitment a largo plazo.
Y entre una cosa y otra terminamos entrando en relaciones esperando cosas que nunca dijimos, prometiendo cosas que realmente no queríamos y tratando de interpretar qué significa cada movimiento de la otra persona.
Por eso creo que una de las preguntas más importantes cuando empezamos a relacionarnos con alguien no debería ser:
¿Qué quiere esta persona de mí?
Sino:
¿Qué quiero yo?
¿Qué estoy buscando en este momento?
¿Qué tipo de relación quiero tener?
¿Qué cosas sí puedo ofrecer?
¿Qué cosas no?
¿Qué necesito de la persona con la que estoy saliendo?
¿Y qué estoy dispuesta —o no— a negociar?
Porque saber qué quieres no significa que automáticamente vas a encontrarlo. Tampoco significa que nunca vas a cambiar de opinión.
Pero sí significa que puedes empezar a relacionarte desde un lugar mucho más consciente, en vez de ir adaptando lo que quieres dependiendo de quién tengas enfrente.
Y quizá ahí está una parte importante de todo este desmadre.
No solamente en entender a los hombres, descifrar por qué hacen lo que hacen o descubrir qué carajos quieren de nosotras.

Sino en entender qué queremos nosotras cuando estamos con ellos.
Porque lamentablemente para mí, parece que convertirme en lesbiana no es una opción.
Así que supongo que tendremos que aprender a relacionarnos mejor con los hombres.
De esto, de las expectativas que tenemos sobre ellos, de las ideas que hemos aprendido sobre las relaciones y de todas esas cosas que terminan influyendo en cómo nos vinculamos, hablo constantemente por aquí.
Y si quieres profundizar todavía más, cada mes hago un taller sobre alguna de estas temáticas.
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